lunes, 29 de septiembre de 2008

Balas, impunidad o legalización: las rutas de la droga

Más vivo que nunca está el debate sobre la ruta y las formas en las que el estado mexicano debiese enfrentar al crimen organizado y en particular al relacionado con el narcotráfico. Frente a los trágicos eventos de Morelia, el debate se reaviva frente a la nítida sensación de que no importa que haga el gobierno federal –y cualquier local para el caso- no parece haber solución.

Las ejecuciones siguen su ritmo espeluznante de sangre, las fosas con albañiles ejecutados nos recuerdan el costo de construir ‘algo’ lo que sea para estas bandas, encajuelados, policías muertos – unos por buenos, otros por muy malos-, y cada vez más violencias aparece en nuestras televisiones, diarios y noticieros. El país esta cubierto de un manto de desesperanza, incertidumbre que viene trágicamente acompañada de la peor crisis financiera de los Estados Unidos de las que yo tenga memoria.

El futuro no parece tener muy buenas nuevas al corto plazo. Ni al mediano. Ni al largo. Estos son los tiempos que requieren medidas contundentes, golpes de timón en la manera en la que entendemos las cosas, en las que hemos vivido. Hay que hacernos cargo de una dura pero contundente realidad: el México de ‘antes’ ya no existe. El de hoy está urgido de decisiones, acciones y determinación.

Pero la pregunta del millón es ¿Cuál es esa ruta que lleva a la salida? ¿por dónde? Las teorías de la radicalidad parecen tener tres alternativas.

La primera es la policíaca, y es la predilecta del gobierno actual. El ejercito a las calles, muchos policías, mejor armados, mejor entrenados, con más helicópteros y aviones, con armas largas, calibres competitivos, salarios medianamente razonables y con mayores elementos de inteligencia. Con estas medidas y todos sus matices, los promoventes buscan doblegar a las empresas criminales y devolverlas a un tamaño controlable y procesable, quitarles todo ese poder y dinero del que se han hecho.

Esto implica, a todas luces, vencer a los grupos violentos, criminales y organizados por la vía policíaca militar. Vencerlos implica mitigar los efectos de la extendida impunidad y desbordada corrupción institucional, así como transformar un poco el sistema penitenciario. También cruza, necesariamente, por liquidar el jugoso negocio de las tiendas legales de armas que desde la frontera norte mandan miles de automáticas y semi hacia nuestra pequeña guerra civil.

En el extremo están los que desde esta perspectiva abogan, además, por penas más severas y entre ellas la pena de muerte. Salida siempre fácil y rimbombante para toda una clase de politiquitos que, sin entender nada de nada, quieren ‘salir’ con una propuesta. Ahí el Partido Verde –el único ecologista en el mundo que apoya la pena de muerte- se regodea en su microscópica visión de la realidad y trata de sonar empático con el legítimo encabronamiento de la gente. Al final qué son unas cuantas libertades menos por el bien común.

De la amplia sensación de que esta primera opción no esta dejando ningún resultado, aparece la segunda vía que algunos, sobre todo tras bambalinas, están sugiriendo: ‘negociemos con el narco, como cuando estaba el PRI’. Esta ruta sugiere que antes el territorio estaba dividido y todo funcionaba de maravilla mientras nadie se cruzara de la raya y el estado y las fuerzas del orden garantizaban a todas las fuerzas traficantes su ‘status quo’. Dicen las voces conservadoras que el problema no es que exista el narco, sino que se meta con ellos. Y por eso concluyen que la mejor opción es aquella que regresa las cosas a su lugar original y nos acomoda placidamente en la ignorancia del problema. Total, la ley siempre es negociable por nuestra paz.

La tercera ruta es la más radical, arriesgada y es la única que no implica violentar garantías y libertades, ni violentar la ley. Regular la producción, distribución y consumo de las drogas en nuestro país.

Es hora que el estado se haga cargo de su papel social, de dar protección pero también de dar atención y salidas a los problemas de salud pública. Así, al regular o legalizar las drogas el estado mexicano se estaría haciendo cargo de darle orden a un mercado enorme, real, existente, violento e ilegal. Clandestino. Un mercado violento por su informalidad, por el costo de su vida corrupta, vendida, destructora de institucionalidad. Lo vimos con nitidez en los años veintes en los Estados Unidos y su ‘prohibición’ del alcohol. Construyeron un violento, rico y destructivo submundo en el que convivían todas las prácticas y que vinculaba a muchas otras ilegalidades, empezando por la prostitución.

Es importante decir que no se trata de que todas las drogas estén al alcance en una farmacia. No. Se trata de que las blandas sean legales y libres, las duras reguladas y contenidas por un estado que administre dosis y atención de adicciones a quienes caen e estos problemas. Que nuestra gran preocupación como sociedad no sea que nuestros hijos mueran acribillados en el fuego cruzado de un pleito entre narcos, sino que entiendan las razones y peligros del consumo de drogas.

El reto de este debate es, en primer termino, desmitificarlo, romper con la idea de que este debate lleva a una sociedad ‘libertina e inmoral’ como si lo que estuviésemos viviendo no lo fuese ya. Es hora de quitarnos el velo de los ojos y reconocer que este ‘negocio’ de las drogas ilegales lleva mas de 10 mil muertos en 8 años y que cada días es más grave. Que nuestra sociedad esta pistolizada como nunca y que las instituciones no cuentan con el andamiaje para resistir cañonazos de 50 mil dólares para ‘obviar’ algo.

Es tiempo de discutir con seriedad una opción que sin balazos y sin fomentar la impunidad reinante, nos permita encontrar esa luz al final del largo túnel de la violencia. Por lo menos hoy sí hay un partido dispuesto a poner el tema sobre la mesa, el PSD, Partido Socialdemócrata, ha tomado la iniciativa. Esperemos que la respuesta de la clase política no sea la descalificación automática y miedosa con la que habitualmente se conduce. Es tiempo de ampliar horizontes y pensar colectivamente nuestra salida.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Narcotráfico en México

Historia del Narcotrafico en México

Por Javier Cabrera Martínez
Agencia El Universal

CULIACÁN, Sinaloa.- En un inicio, en la década de los 40 del siglo pasado, la ignorancia y la extrema pobreza indujeron a campesinos de la zona serrana en la que confluyen Sinaloa, Durango y Chihuahua, que forman el denominado Triángulo Dorado de la Droga, al cultivo de la mariguana y amapola.
Esta actividad, con el paso del tiempo, se convirtió en una enorme mina de oro para los cárteles de la droga, pero también trajo consecuencias funestas para la población por la violencia que desató.
Esto, según afirmó Genaro García Luna, secretario de Seguridad Pública federal, en un foro organizado por El Universal el 21 de mayo, permitió crear bases de apoyo en una ciudadanía que no los denuncia por temor a sufrir igual suerte que los integrantes de organizaciones rivales.
Por sus condiciones geográficas y climáticas, el municipio de Badiraguato ofreció refugio a los cultivadores de plantas tóxicas, a fin de extraer de sus bulbos los narcóticos para el suministro médico de las tropas estadounidenses en guerra.
Las reseñas orales sobre la historia negra de las drogas en Sinaloa hablan de los sucesos de esa época que han sido recogidos por historiadores y escritores locales.
Los escritos precisan que el cultivo de la amapola no la implantó ningún lugareño del denominado Triángulo Dorado de la Droga, sino los chinos que llegaron al país como mano de obra barata para el tendido de vías para el ferrocarril.


Crisis minera

Al escapar de la expulsión, entre 1880 y 1920, los asiáticos se asentaron en Badiraguato, para transmitir las técnicas de siembra de la adormidera y su procesamiento en heroína, explica el investigador universitario Samuel Ojeda Gastélum.
La amapola, que como flor de ornato en patios y jardines era un gran atractivo, se volvió codiciada con la crisis de la actividad minera y la desaparición de cortijos que daban ocupación a pobladores de Alisos, San Javier, Santiago de los Caballeros, Otatillos, Tameapa y Tepeacan, en el municipio de Badiraguato.
Agrega que en el año de 1939 prolifera la siembra de la amapola y se configuran grupos recolectores de los jugos vegetales que se extraen de sus bulbos para convertirlos en heroína.Aunque no tiene información oficial que sustente estas versiones, dice que fuertes capitales fueron inyectados a esta clase de cultivos, ante el “gran disimulo” de las autoridades.


Tierra Blanca

Para el escritor Leónidas Alfaro Bedolla, autor de las novelas Las Amapolas se tiñen de rojo y Tierra Blanca, la goma de opio -producida inicialmente con fines médicos- se transformó en un negocio.En la posguerra, aumenta la siembra y el tráfico de la goma se organiza en forma clandestina en la ciudad capital, en un barrio clave, con características semirurales: Tierra Blanca.
Nacido en ese lugar, en 1945, el novelista recoge historias sobre los gomeros y añade que al término del conflicto bélico, la demanda de narcóticos crece con el retorno de soldados adictos de Estados Unidos.
El catedrático, político izquierdista e investigador del tema, Gregorio Urías Germán, observa que después de los 60, el negocio se concentra en pequeñas familias del barrio de Tierra Blanca.Las figuras emblemáticas de esos años, Eduardo Fernández, “Don Lalo”, y Jorge Favela, se convierten en las cabezas visibles del tráfico, con recolectores de la goma en la sierra, y los apellidos Fonseca, Caro, Payán, Quintero, comienzan a emerger.
Se conoce que en 1941, en forma oficial, por primeras vez, autoridades de Sinaloa comisionan al jefe de la Policía Judicial del estado, Alfonso Leyzaola, a emprender acciones en contra de los cultivadores de mariguana y adormidera.
El primero de abril de ese año, el jefe policiaco, en la administración del gobernador Rodolfo Tostado Loaza, al mando de un fuerte grupo, ubicó y destruyó un predio sembrado de amapola y decomisó varias latas de goma en una zona cercana al poblado los Alisos, en Badiraguato.


Primeros ajustes

Horas después, en una cañada cercana al poblado Santiago de los Caballeros, 12 hombres ocultos en las partes altas, emboscaron al jefe policiaco Alfonso Leyzaola y su gente. Una lluvia de balas hace huir a los uniformados estatales.Sólo Francisco Urías, ayudante del jefe de la Policía Judicial, se quedó para auxiliarlo y trasladarlo herido a una choza cercana, de donde poco después, los narcotraficantes lo sacaron para someterlo a tortura y luego colgarlo de un árbol como advertencia al Gobierno y a la población.
Surgen capos
El investigador Ojeda Gastélum, con doctorado en Historia, destaca que con el crecimiento en la demanda de enervantes y la formación de una nueva generación de gomeros forjados en sus comunidades rurales, emergen figuras como Pedro Avilés, “El león de la sierra”, y Ernesto Fonseca Carrillo, “Don Neto”.
Con estos nuevos personajes, otra camada de jóvenes, entre los que destacan Rafael Caro Quintero, Juan José Esparragoza Moreno, alias “El Azul”; Rubén Cabada, entre otros, incursionan en el negocio.


Desplazamiento

Para los analistas del fenómeno del narcotráfico, la lucha que libró el Ejército en el Triángulo Dorado de la Droga, sólo logró apaciguar la violencia en un periodo muy corto, pues los antiguos gomeros fueron desplazados por nuevos personajes como Miguel Félix Gallardo, con una nueva visión en su estructura operativa.
El cruce de los embarques de cocaína, procedentes del sureste de la República Mexicana, cuyo negocio es más rentable que el tráfico de mariguana y adormidera, dio origen a los cárteles y el surgimiento de otra nueva generación de traficantes, cuyos nombres tomaron fama en el país: Los hermanos Arellano Félix, Manuel Salcido Uzeta, Amado Carrillo Fuentes y Joaquín Guzmán Loera, “El Chapo”, quien está prófugo.